Un mundo en movimiento: el rol de los migrantes en la recuperación postpandemia

Por Maria Jesús Herrera, Organización Internacional para las Migraciones (OIM)

 

Las migraciones y la movilidad humana en general son fenómenos tan antiguos como la humanidad. Sin embargo, sus dinámicas y dimensiones han ido evolucionando a lo largo del tiempo. En la actualidad, una gran cantidad de personas vive en un país distinto del país en el que nacieron. En 2020, el número de migrantes internacionales alcanzó la cifra de 281 millones, frente a los 173 millones de 2000. De todos estos, se estima que alrededor de 169 millones de personas trabajan en un país distinto al de nacimiento.

Sin embargo, a pesar de este crecimiento sostenido durante las últimas décadas, la pandemia del COVID-19 interrumpió tempestivamente todas las formas de movilidad humana, incluida la migración internacional, reduciendo el crecimiento en el stock de número de migrantes internacionales en lo que se estima podrían haber sido un stock de 2 millones de personas aproximadamente.

Asimismo, y, conforme a los últimos datos disponibles, actualmente las mujeres y las niñas representan el 48 % de las personas migrantes internacionales. En el 2020, el número de mujeres migrantes superó ligeramente al de hombres migrantes en Europa debido, en parte, a la mayor esperanza de vida de las mujeres entre los migrantes y a la creciente demanda de mujeres migrantes para trabajos relacionados con el cuidado.

 

En todos los rincones del mundo, los trabajadores migrantes contribuyen de manera significativa a sus sociedades de origen y de destino, ya sea en los sistemas de salud y la economía del cuidado, o bien en la agricultura, la construcción y otros sectores clave para el desarrollo sostenible

REALIDADES QUE EVOLUCIONAN CONSTANTEMENTE

La migración no es uniforme en todo el mundo, sino que es una dinámica compleja basada en muchos factores, como las relaciones históricas, la demografía, los mercados laborales, las consideraciones humanitarias y de derechos humanos. Con todo ello, la inclusión de los migrantes no es un proceso estático, sino una crónica individual y extraordinaria de sus experiencias; las realidades que viven los migrantes evolucionan constantemente, y es necesario reconocer el papel de los propios migrantes como agentes independientes y como miembros integrantes y valiosos de la sociedad.

En todos los rincones del mundo, los trabajadores migrantes contribuyen de manera significativa a sus sociedades de origen y de destino, ya sea en los sistemas de salud y la economía del cuidado, o bien en la agricultura, la construcción y otros sectores clave para el desarrollo sostenible. Esto sin mencionar el papel fundamental que la migración tiene y tendrá en la sostenibilidad de los ya sobre exigidos sistemas de bienestar y seguridad social, debido a los numerosos retos demográficos a los que se enfrentan nuestros cada vez más envejecidos países.

En este contexto, cabe hacer referencia a que muchos países se ha reconocido y celebrado el papel esencial que desempeñan tantos migrantes como proveedores de servicios esenciales, participantes fundamentales en las cadenas de suministro y fuentes cruciales de apoyo a sus familias y comunidades. A la hora de dar respuesta a la pandemia y a sus repercusiones, numerosos Estados mostraron previsión al romper las barreras, mediante políticas o prácticas, a fin de asegurar un acceso no discriminatorio a la atención sanitaria y a las vacunas y verificar que los trabajadores migrantes se mantuvieran empleados, incluso adaptando las vías regulares. También se ha observado la resiliencia de los flujos de remesas como fuentes fundamentales de apoyo a las familias y comunidades. A pesar de ello, la pandemia del COVID-19 ha puesto de manifiesto las deficiencias de los actuales sistemas de gobernanza de la migración, en los que aún no se logra garantizar plenamente los derechos de los trabajadores migrantes y sus familias. A pesar de los esfuerzos realizados a efectos de asegurar la protección de las personas trabajadoras migrantes, muchas siguen experimentando numerosos problemas, particularmente aquéllas más vulne­rables, como, por ejemplo, las trabajadoras domésticas, temporeros y aquellos poco cualificados.

En tal sentido y, a los fines de proteger a las personas trabajadoras migrantes y optimizar los beneficios de la migración laboral tanto para los países de origen y de destino como para los propios migrantes, es preciso contar con políticas, legislaciones y estrategias efectivas, que estén claramente formuladas. Numerosos acuerdos internacionales como el Pacto Mundial para una Migración Segura, Ordenada y Regular, así como los Objetivos de Desarrollo Sostenible 2030, coinciden en la necesidad de promover acciones que favorezcan una gestión de la migración laboral más efectiva que mejore la convivencia ciudadana e inclusión social y contribuya a un modelo de producción y consumo más responsables en todas sus fases.

 

No se podrán forjar sociedades más estables, equitativas y justas ni superar esos retos si dejamos de lado la participación, las contribuciones o el bienestar de algunos y, ello incluye la participación significativa de los migrantes y las comunidades de acogida, incluidos los niños y los jóvenes, en las decisiones que les conciernen.

APRENDIZAJE DE LA PANDEMIA

Las lecciones que ha dejado la pandemia brindan una provechosa oportunidad de recalibrar una gobernanza de la migración receptiva a las cuestiones de género y adaptadas a las necesidades de la infancia y los migrantes trabajadores a nivel local, nacional, regional y mundial.

Las organizaciones de la sociedad civil, el sector privado, las asociaciones de migrantes y de la diáspora, así como las autoridades y las comunidades locales, y otras entidades, tienen un papel preponderante en el ámbito de la recuperación postpandemia tanto en la protección de muchas de las personas cuya vulnerabilidad se ha acrecentado como en las respuestas desplegadas para combatirla. Las organizaciones de trabajadores y empleadores han promovido durante estos tiempos, la igualdad de trato, el trabajo decente y el respeto de los principios y derechos fundamentales en el trabajo, entre otras cosas mediante el diálogo social y en coordinación con las autoridades locales.

Aun así, al tiempo que se despliegan esfuerzos para poner fin a la pandemia del COVID-19 y propiciar una recuperación genuinamente mundial y equitativa, será crucial un mayor compromiso por parte del sector privado y los gobiernos a los fines de garantizar una contratación justa y ética y un trabajo decente, así como invertir en soluciones que faciliten el reconocimiento mutuo y el desarrollo de capacidades, cualificaciones y competencias. Varios ejemplos demuestran que ello es posible.

El mundo de hoy es más interdependiente que nunca y afronta numerosos retos de cara al pacto social del que dependen la paz y el progreso colectivos. No se podrán forjar sociedades más estables, equitativas y justas ni superar esos retos si dejamos de lado la participación, las contribuciones o el bienestar de algunos y, ello incluye la participación significativa de los migrantes y las comunidades de acogida, incluidos los niños y los jóvenes, en las decisiones que les conciernen. Los derechos humanos de los migrantes y la prosperidad y el bienestar de las comunidades deben estar en el centro de todas las acciones.

 

La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) forma parte del Sistema de las Naciones Unidas y es la organización intergubernamental líder que promueve desde 1951 una migración humana y ordenada para beneficio de todos, con 174 Estados Miembros y presencia en más de 100 países. La OIM tiene presencia en España desde 1956.

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